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La comida no es basura aunque en España se tiran 7, 7 millones de toneladas al año

03/12/2014 12:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Combatir el despilfarro no es ni educación ni compasión sino solidaridad para no olvidar la pesadilla de 879 millones de hambrientos del mundo mientras en las familias se desechan alimentos por ser demasiado delicados y no digamos con los niños que no tienen la menor formación sobre el tema

Hay quien sistemáticamente tira al cubo de la basura los alimentos que se le han caducado. Pero antes de que lleguen al consumidor final, por el camino, ya se ha desechado  una cantidad importante de estos alimentos. Puede pensarse que es una excepción, pero los datos no dicen eso. En Europa, 89 millones de toneladas de alimentos van a parar a la basura. En el caso de España son 7, 7 millones de toneladas de alimentos al año, según el informe del Parlamento Europeo de finales del año pasado. España es el sexto país europeo que más comida desecha.

 

Cuando una fruta u hortaliza no cumple las normas estéticas y de calidad, pese a ser perfectamente comestible, se desecha en la cadena de distribución y lo casi seguro es que se tire a la basura sin llegar al consumidor. Esta es solo la punta del iceberg del desperdicio de alimentos que se produce, cada día, en todos los rincones del planeta. “En el mundo se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimentos cada año”, denuncia la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Con esta cifra se conmemoró el 16 de octubre pasado, el Día Mundial de la Alimentación. Una fecha señalada en el calendario que, lejos de ser motivo de celebración, debe servir para poner el foco personal sobre un problema mundial: el despilfarro de comida. Esta situación, que tiene estrechos vínculos con la precariedad alimentaria, ha sido denunciada por numerosos medios de comunicación, plataformas e instituciones internacionales. Gracias a ello y a muchos individuos inquietos, ya se están poniendo en marcha muchas medidas paliativas. Sin embargo, se siguen malgastando toneladas de alimentos mientras “870 millones de personas pasan hambre todos los días en el mundo”, según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación). De acuerdo a las cifras oficiales cada europeo tira a la basura unos 179 kilos de comida al año, cifras preocupantes si tenemos en cuenta la situación de crisis en la que vivimos hoy. Por poner un ejemplo, “en las cooperativas de naranjas, un porcentaje realmente importante (entre un 20 y un 30%) se descarta para la distribución en el mercado, no porque están malas sino sobre todo por cuestiones de aspecto”, cita la plataforma Ciudadano 0, 0.

Entre lo datos que publica el informe del Parlamento Europeo aparecen por este orden primero Alemania y le siguen Holanda, Francia, Polonia e Italia. Por ejemplo los holandeses tiran 9, 4 millones de toneladas al año y los franceses 9 millones  por encima de España, y en la cumbre del desperdicio europeo se sitúa Alemania, con 10, 3 millones de toneladas anuales. Aunque teniendo en cuenta que la población germana casi duplica a la española (80 millones de habitantes, frente a unos 47), no son datos de los que España deba estar orgullosa y menos los que le preceden en la lista de la FAO. Esto se traduce en que se desecha el 18% de lo que se compra para el  alimento diario. Lo preocupante es que casi la mitad de estos alimentos (45%) no tendrían por qué acabar en la basura si se hubieran gestionado mejor. Esta realidad contrasta con la otra cara de la moneda: los tres millones de personas que viven en situación de pobreza severa, como denuncia Cáritas Española. Por tipos de alimentos, los que más se desperdician en los hogares españoles son el pan y los cereales (20%); la fruta y las verduras (17%); los lácteos, pasta, arroz y legumbres (13%); las bebidas (7%); las carnes y comidas preparadas (6%); los embutidos, snacks y alimentos en conserva (4%); y en último lugar, los pescados, mariscos y huevos (3%). Pero el despilfarro alimentario no es igual en todo el mundo.

Según este mismo informe, un 20% de los alimentos que se tiran se debe por las dudas en relación con la fecha de caducidad. En los productos envasados aparece una fecha y suele darse por hecho que traspasada esta fecha es mejor deshacerse del producto. Pero no siempre esta indica que el alimento ha caducado. Y en caso de que así sea, ¿hasta qué punto es realmente peligroso tomar comida caducada? Para unos expertos es necesario seguir estrictamente las indicaciones de caducidad de los alimentos, mientras que otros matizan el significado de las fechas que aparecen en los alimentos.

El consumidor puede confundir la fecha de caducidad con otra indicación, la de fecha de consumo preferente. “Esta etiqueta se refiere más al hecho de que, tras la fecha indicada, las propiedades nutricionales y organolépticas de ese alimento no son las mismas. Puede perder sabor, textura, color... pero no hay un peligro inminente de seguridad alimentaria siempre que se cumplan las condiciones de conservación”, aclara Emilio Martínez de Victoria, director del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Granada. También lo corrobora Alfonso V. Carrascosa, jefe del departamento de microbiología del Instituto de Fermentaciones Industriales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). “En principio, ingerir el alimento no implica ningún riesgo sanitario. Lo que pasa es que, a partir de la fecha de consumo preferente, puede que algunas características sensoriales del alimento se vean afectadas, como el aroma, el color o el olor. Pero a priori no va a resultar dañina su ingestión”. El Centro de Información de la Conserva Enlatada aclara que la fecha del consumo preferente “es, simplemente, un periodo de tiempo (cuatro, cinco años) durante el que se estima que la conserva debe haber cubierto normalmente el ciclo de comercialización y en la que el fabricante se asegura que tanto su olor, sabor y textura está en su estado más óptimo, pero sin que ello signifique que su consumo posterior tenga ningún efecto negativo desde el punto de vista sanitario o, incluso, sobre la textura o el sabor del producto contenido”.

Así, la FAO diferencia entre pérdida y desperdicio. “Las pérdidas se dan en países del Tercer Mundo, en el inicio de la cadena de suministro, debido a las limitaciones financieras y estructurales durante la recolección, transporte y almacenamiento”, explica la organización. Mientras que “el desperdicio se da en las regiones de ingresos medios y altos, a nivel de venta minorista y del consumidor”. También existen diferencias en cuanto al consumo: “Europa y Norteamérica tienen un desperdicio per cápita de 95 a 115 kilogramos anuales, mientras que África Subsahariana, Asia meridional y el Sudeste asiático tiran solamente entre 6 y 11 kilogramos por persona”, comenta la FAO. Por ejemplo, aunque el volumen de desperdicio de carne en el mundo es relativamente bajo, el 80% del total de este malgasto tiene lugar en los países de occidentales y Latinoamérica. El 80% del total del malgasto de carne tiene lugar en los países de occidentales y Latinoamérica Ciertos hábitos, que se practican de forma rutinaria en la vida doméstica, tienen una relación directa con el desperdicio de comida, pues, también según la FAO, “un tercio de los alimentos a nivel global se pierden debido a prácticas inadecuadas de los consumidores”. No debemos olvidar que las iniciativas en materia de desperdicio como  las fechas de caducidad, son las que existen para salvaguardar la seguridad de la salud personal y la alimentaria de los productos de cara al consumidor, sostiene Paloma Sánchez, directora del Departamento Técnico y de Medio Ambiente de la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB). “Los altísimos niveles de seguridad alimentaria que hemos logrado y fijado en Europa se consideran un logro de nuestro sistema productivo y de la actividad de control de nuestras autoridades”, asegura. Sin embargo, tanto desde el Parlamento Europeo como desde la FAO explican que en los hogares se producen tres tipos de residuos alimentarios de forma continua, que no siempre atienden a esas fechas de caducidad. Los dividen en tres categorías: desechos evitables (productos que, estando en perfecto estado, se eliminan por aspecto poco comercial o vendible); desechos potencialmente evitables (aquellos alimentos que, a pesar de ser comestibles, hay personas que los consumen y otras no) y desechos inevitables (los que no son comestibles en circunstancias normales).

Ante esta situación del mucho, lo  suficiente y el nada, había que tomar medidas, al menos cada cual en su entorno y la FIAB (Medio de la Industria de Alimentos y Bebidas en España) firmó en 2013 –junto con toda la cadena agroalimentaria española– un convenio de colaboración voluntario con el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama), para luchar contra el desperdicio de alimentos. Allí se exponen una serie de objetivos a cumplir para el 31 de diciembre de 2018, entre ellos: “Fomentar el buen uso de los recursos naturales, informar bien al consumidor para no malgastar alimentos o colaborar con asociaciones de consumidores”. Ahora hay que ver si se concretan y se cumplen. Casi todos los países europeos están empeñados en adoptar medidas que disminuyan el crecimiento de los desperdicios año a año. En mayo se filtró, tras un Consejo de Agricultura y Pesca, que la UE baraja suavizar la obligatoriedad de indicar fechas de caducidad tan estrictas, sobre todo en alimentos que pierden propiedades pero no son peligrosos para la salud. Así, al igual que la sal o el vino, otros productos podrían comercializarse sin  la etiqueta de fecha de consumo. En la cadena del desperdicio, las grandes superficies y distribuidoras juegan un importante papel : ellos eligen qué alimentos se ponen en venta. Por ese motivo, “también se han constituido dos comités de trabajo donde empresas como Mercadona, Día, Consum, Calidad Pascual o Danone trabajan en colaboración para reducir el desperdicio de alimentos”, según la Asociación de Fabricantes y Distribuidores (AECOC). Con él se pretende controlar el despilfarro a lo largo de todo el proceso y conseguir aumentar la donación de productos aptos para el consumo humano. El papel que juegan los Bancos de alimentos resulta fundamental en el aprovechamiento de alimentos descartados. España ocupa “el primer lugar en Europa en actividad de bancos de alimentos: 54 bancos en el país mueven millones de kilos al año”, según AECOC. “Al cierre de 2013, habían repartido 120 millones de kilos de alimentos y ayudado a 1, 5 millones de personas”, confirma en una entrevista a “El mensual de 20minutos” Nicolás Palacios, presidente de la Federación Española de Bancos de Alimentos (FESBAL). Y en 2014, la campaña en curso promete doblar las cifras de años pasados, con voluntarios a cientos, señal de que la inquietud por lo hambrientos ha germinado entre el pueblo.

Por su parte, “Cáritas, que en ocasiones colabora con FESBAL, no tiene un programa confederal de distribución de productos, como los bancos de alimentos, sino que su organización se basa en acuerdos a nivel local”, indica Ángel Arriví, responsable del área de Comunicación de Cáritas Española. Sus setenta Cáritas Diocesanas que trabajan con las empresas de las comunidades autónomas y están conscientes del intento común de no desperdiciar alimentos. La gente que está en situación de pobreza severa en España llega a los tres millones de personas, según Cáritas y FESBAL. “Ahora que las empresas están concienciadas con su responsabilidad social corporativa, queremos que colaboren con nosotros”, declara Nicolás Palacios. Muchas empresas siguen sin colaborar.. Tampoco tienen una obligatoriedad real de donaciones. Por ello, Palacios insiste en que “es importante que las instituciones, a través de la legislación, inciten a esas empresas a comprometerse a donar lo que no vayan a utilizar”. Y asegura que “un equipo de FESBAL se ha reunido con diferentes empresas de alimentación españolas y se ha programado una reunión con el Ministerio de Agricultura, al más alto nivel, para hablar sobre el despilfarro”. “Nuestra intención es trabajar desde la base del problema, que es la educación y la concienciación. Pero también pretendemos extender la práctica de recogida de alimentos en los supermercados a toda España”, asegura el presidente de FESBAL

.Por un futuro más sostenible Actualmente, las consecuencias económicas directas del desperdicio de alimentos, sin contar pescado y marisco, alcanzan los 750.000 millones de dólares (578.700 millones de euros). Este despilfarro, además del gran coste económico, causa un grave daño al medio ambiente. “Los alimentos que producimos y que luego no comemos consumen un volumen de agua equivalente al caudal anual del río Volga (el más largo y caudaloso de Europa) y son responsables del vertido de 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera”, advierte la FAO. El futuro no es alentador. “En el año 2050 se estima que la producción mundial de alimentos deberá incrementarse en un 70% para abastecer el aumento previsto de la población, de 7.000 a 9.000 millones de habitantes”, avisa la FAO. Esta previsión tiene una relación directa con el desperdicio: si logramos reducir y reutilizar los alimentos, habremos conseguido solucionar la mitad del problema del abastecimiento.  Algunas organizaciones e instituciones de la cadena agroalimentaria tienen propuestas para hacer un esfuerzo extra para aplicarlo en un futuro cercano, como FIAB o el Magrama. Han creado una lista de propósitos a cumplir para 2020, como “alimentar a una población creciente en un entorno de escasez de recursos, gestionar el agua de forma sostenible, mejorar de la eficiencia de procesos, mitigar el cambio climático o minimizar el impacto ambiental de los envases”. “Un mal aprovechamiento de estos productos supone una pérdida de riqueza para el conjunto de la sociedad”, opina Paloma Sánchez. Por ello, el despilfarro de bienes no solo representa una oportunidad perdida de alimentar a la población mundial hambrienta siempre en aumento, sino que, en el actual contexto de crisis económica y de incremento de pobreza, la reducción de este desperdicio alimentario sería un primer paso muy importante para combatir el hambre y mejorar el nivel de nutrición de las poblaciones más desfavorecidas.

Alternativas para aprovechar los alimentos Food Sharing es un grupo de trabajo cuyo objetivo es servir de plataforma para combatir el despilfarro alimentario. Se trata de un espacio abierto a la participación ciudadana que rescata excedentes alimentarios y los comparte 

Los antecedentes de esta plataforma están en Cena Freegan y en Comida Basura, colectivos de activistas que organizaban protestas contra el derroche de alimentos; los rescataban de los cubos de basura y los cocinaban en cenas populares con el objetivo de visibilizar cómo, por razones económicas, los comercios desechan alimentos en perfecto estado. Otro ejemplo es la plataforma Ciudadano 0, 0 ‘La comida no se tira’, de la empresa Mahou-San Miguel, que también pretende promover un mejor aprovechamiento de los alimentos a través de Filosofía Nolotiro y Recetas Nolotiro, donde explican trucos y consejos para una utilización óptima de los recursos alimentarios.

España con una miseria galopante por la crisis y el gobierno debiera atenerse a lo que decimos nosotros y otros

Hay sustancias tóxicas que forman parte del alimento. Es lo que se llama toxicidad natural. Uno de los ejemplos que pone son las lectinas, un compuesto potencialmente tóxico. La ciguatera es un tipo de intoxicación producida por el consumo de peces que contienen ciguatoxina.

Y con los pescados y mariscos puede suceder lo mismo. Hay que tener cuidado y no confundir la solidaridad con el consumo de “esa otra y auténtica comida basura”. Por ejemplo,   para que se produzca una intoxicación es necesario que el pez haya acumulado la toxina en suficiente cantidad. “Se trata de especies grandes, depredadoras, que han ido acumulando toxina aportada por otras especies herbívoras, propias de los arrecifes de coral”, según se recoge en un informe de la dirección general de Salud Pública del servicio canario de la salud del Gobierno de Canarias. A nivel mundial se producen unos 50.000 casos por año, principalmente en zonas donde es común el consumo de peces de arrecife: Australia, el Caribe, sur de Florida y el Pacífico meridional. En Europa se han descrito casos relacionados con viajes a países caribeños o con el consumo de peces exóticos en restaurantes étnicos.

En España no se han descrito casos autóctonos. De todas formas, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición es la encargada de controlar que los productos que se consumen sean seguros. Pero ¿qué sucede cuando las personas no siguen las indicaciones y toman alimentos caducados?

Jonathan Maitland, un periodista británico, quiso llamar la atención hace cuatro años sobre la cantidad de comida que se tira en cuanto el alimento supera la fecha de caducidad. Así que, ni corto ni perezoso, este hombre quiso probar qué sucedía si tomaba alimentos caducados durante catorce días para horror de su pareja que temía por los trastornos o enfermedades que pudiera sufrir su amado Jonathan. El primer día empezó con alimentos que sólo superaban un día su fecha de caducidad. Pero su reto era ir aumentando los días caducados de la comida que consumía en la medida que su pequeño experimento iba avanzando. Pasó de tomar huevos que ya estaban caducados por un día, hasta un tazón de cereales Kellogg que ya llevaban tres meses caducados, pasando por carne picada caducada hacía siete días y cuyo aspecto había cambiado de rojo intenso a gris. También tomó verduras envasadas, panes, humus y todo lo que caía en sus manos.

Este periodista salió bien parado. Por no tener ni tuvo retortijones ni molestia alguna. Durante el experimento conoció personas que se alimentaban exclusivamente de la comida que se tira por superar la fecha de caducidad y empleados de grandes cadenas de supermercados que tampoco tenían reparos en consumir estos alimentos. Tanto se sorprendió del resultado de su experiencia, y temiendo que muchas otras personas pudieran imitarle pero con consecuencias para la salud, que decidió advertir posteriormente que desaconsejaba pasar por alto la fecha de caducidad a niños, mujeres embarazadas, personas mayores o quienes estén convalecientes o enfermos.

La Food Standards Agency del Reino Unido (el equivalente a la agencia española que vela por la seguridad alimentaria) también quiso pronunciarse ante la hazaña de Jonathan Maitland y su portavoz describió la experiencia como muy arriesgada. “Es posible que le haya ido bien tras consumir estos productos caducados, pero otras personas podrían haber enfermado gravemente. No somos niñeras de las personas. Nuestros consejos sobre las fechas de caducidad son sólo eso: consejos. Pero se trata de consejos sustentados por estudios avalados por varios grupos de científicos. Un experimento científico llevado a cabo por una sola persona es poco probable que sea representativo de la población en su conjunto”

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Sin llegar a estos extremos, ¿quién no ha tomado productos lácteos caducados? Un restaurador que prefiere permanecer en el anonimato confiesa que la leche se puede tomar hasta dos meses después de la fecha de consumo sin ningún riesgo. En el caso de que esté estropeada, el olor ayudará a tomar la decisión de desecharla.

En cualquier caso, para evitar despilfarros y no tirar tanta comida aconseja planificar la compra al mínimo. Y comparte algunas claves prácticas, como no hacer la compra antes de la hora de comer porque la tendencia es llevarse mucho más de lo necesario. También comenta que una vez en casa, poner los productos más antiguos en la parte delantera de los armarios y de la nevera, para evitar descubrir una lata perdida en el fondo con la fecha sobrepasada, por ejemplo. Tampoco está mal de cuando en cuando preparar un menú a partir de los alimentos que ya les falta poco por caducar, antes de que se pasen de la fecha. Y en el caso de que sobre comida una vez cocinada, se puede congelar para utilizarla en una próxima ocasión. Mejor hacer porciones individuales para consumir según necesidades.

Y, en cualquier caso, las sobras siempre pueden utilizarse como compost para abonar. En Japón es una práctica que va cobrando fuerza desde hace algo más de cuatro años y cultivan alimentos frescos con abono procedente de las sobras de comida. Aunque hay quienes la consideran poco higiénica, sus promotores explican que es una opción ecológica y sostenible. La empresa se llama Agri Gaia System y se dedica a convertir en abono las sobras de comida y los alimentos caducados de más de mil establecimientos japoneses. Una parte de los residuos los utilizan para fabricar pienso para animales, sobre todo para cerdos y gallinas, y con lo que sobra, se fabrica fertilizante para campos de cultivo. En cualquier caso, mejor intentar comprar lo justo para que la comida no se nos pase.

Cuando los productos alimentarios superan las fechas que constan en sus envases, se retiran del circuito comercial

Aun así, el Banc dels Aliments lleva un año aplicando un programa de mediación entre cadenas de supermercados y entidades sociales que actúa en los barrios, en los que recuperan los alimentos que han salido del circuito comercial para ofrecerlos a las familias más necesitadas. ¿No entraña un peligro para su salud? Antoni Sansalvadó, presidente del Banc dels Aliments, recuerda que en los últimos meses han captado 40.000 kilos de estos alimentos retirados de la venta pública por superar las fechas que constan en el etiquetado y que están en perfectas condiciones para el consumo. Los expertos aclaran que existen, aparte de lo antedicho y ciñendos mucho, hay dos tipos de fechas y que según el real decreto 1334/1999 no pueden utilizarse ambas en un mismo producto. Una fecha es la de caducidad y la otra es la de consumo preferente. En este último caso, la fecha no implica que el alimento ya no pueda consumirse, sino que garantiza toda su calidad al consumidor. En cambio, la fecha de caducidad lo que garantiza es el buen estado del producto.

 

 


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