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¿Puede contribuir la neurociencia a unos mejores resultados en los procesos de comunicación y colaboración?

10/07/2012 13:40
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Un artículo de Santiago Rivero, patrono de NSF y miembro del Ícaro Think Tank.

La relación entre las personas, en lo que respecta a la consecución de un determinado objetivo (o conjunto de objetivos) puede ser de varios tipos. Puede ser de colaboración, cuando existe un interés común en su consecución, para lo cual es preciso que previamente exista una visión compartida de dicho objetivo, así como un interés común en alcanzarlo. Puede ser también de indiferencia, que es la que se da entre quienes no sienten ningún tipo de motivación con relación a él. Incluso puede ser de enfrentamiento, lo cual se produce cuando parte de los miembros de un grupo se afanan en alcanzar unos determinados resultados, mientras que otros quieren evitarlos, lo que daría lugar a actitudes antagónicas. Es evidente, que la consecución de objetivos es más fructífera cuando existe una decidida colaboración entre la mayor parte de los miembros del colectivo.

En líneas generales, la historia del progreso se basa en la colaboración entre las personas, aunque en ocasiones la actitud antagónica de ciertos grupos haya podido servir de acicate para quienes pretendían defender unos intereses comunes. Es evidente que la colaboración es una actitud que se considera del mayor interés como factor que potencia la capacidad para conseguir unos determinados fines. Incluso, quienes compiten en ciertos aspectos suelen establecer alianzas enfocadas a obtención de unos resultados que benefician a las distintas partes que pactan para ayudarse mutuamente en la consecución de resultados de interés común (un ejemplo de esto son ciertos proyectos colaborativos de I+D, en los que participan empresas de un mismo sector, que compiten en el mercado).

Es más: sería inconcebible una sociedad en las que cada cual fuese en pos de sus propios intereses, sin ningún tipo de colaboración con sus congéneres. Y puesto que es necesaria para la supervivencia y el progreso, para la organización social y para dar satisfacción a todo lo que es connatural con la condición humana, más nos vale que entendamos cuáles son las claves para una eficiente colaboración; entre ellas, dos tienen una especial relevancia: por una parte, la capacidad de inhibir la propia perspectiva dentro de un determinado contexto, con el fin de adoptar la de otros, y por otro lado, el conjunto de habilidades que hacen posible una buena comunicación. En realidad, ambas son sumamente importantes, no solamente para la colaboración, sino para todo tipo de interrelación entre las personas. El objeto de esta nota es destacar la significativa contribución que los hallazgos en el terreno de la neurociencia pueden hacer a una profundización en el conocimiento de los procesos de comunicación .

No obstante, es preciso señalar que el otro aspecto citado, esto es la capacidad de inhibición de la propia perspectiva en base a la percepción y comprensión de las de los demás miembros de un colectivo (cuyo alto grado de desarrollo en la especie humana no tiene parangón en el resto del mundo animal), juega asimismo un papel determinante, como pone de manifiesto Michael Gazzaniga en su libro ‘Qué nos hace Humanos’ [1] .

Entre los diversos modos de comunicación, destaca el lenguaje hablado, entre otras cosas porque pensamos (tal vez equivocadamente) que es el utilizamos de forma más intensiva. El lenguaje permite una comunicación muy rica y precisa, especialmente cuando se tiene un buen dominio de él. De hecho, parece que ha sido la clave para el desarrollo intelectual de la especie humana y para su supremacía sobre el resto de las especies (aunque no vamos a entrar aquí en el debate de qué se entiende por supremacía, cuestión sobre la que hay opiniones variadas, y en ocasiones pintorescas).

Si bien, como se acaba de comentar, el lenguaje ha permitido alcanzar un alto nivel de maestría y versatilidad en la comunicación, es un hecho bien conocido que la comunicación puede adoptar muy diversas formas, además de la verbal. Este es un terreno en el que los psicólogos del comportamiento han profundizado, encontrando importantes hallazgos. Una interesante síntesis de la investigación realizada acerca de diferentes formas de comunicación y de los métodos empleados para ello, se recoge en el libro de Flora Davis, ‘Comunicación no verbal’, publicado ya hace tiempo, a comienzos del último cuarto del siglo pasado.

En él se describen distintas formas de transmisión de información adicional o alternativa a la que se vehicula a través de las palabras. Además de la información recogida por el sentido gramatical de la palabra hablada, añaden información otros ‘mensajes’ emitidos por una persona y recogidos a través de los distintos tipos de aferencias sensoriales que llegan al receptor. Junto con el sentido estricto de las palabras, otros aspectos como la prosodia, el tono, el volumen o cualquier aspecto de la fonología constituyen importantes elementos de la comunicación. Otro sentido a través del que se recoge una gran cantidad de información es la visión, que capta aquello que se transmite, muchas veces de forma no consciente, mediante diversos aspectos del lenguaje corporal y las expresiones faciales.

Entre las teorías de la comunicación no verbal se encuentran algunas sorprendentes, como las de Albert Mehrabian y Paul Ekman. El primero de ellos manifestó que, en situaciones de un elevado nivel de ambigüedad, solamente el 7% de la comunicación se transmite a través de las palabras, mientras que el 38% se atribuye a las características de la voz (entonación, proyección, resonancia, etc.), y el 55% al lenguaje corporal (gestos, posturas, movimientos de los ojos, respiración). Aunque esta distribución del mensaje entre las tres vías mencionadas solamente tenga lugar, como se ha indicado, en algunas situaciones de alto nivel de ambigüedad, esta teoría plantea el hecho de que, en algunas circunstancias, el lenguaje corporal aporta mucho más que el significado de las palabras utilizadas en la comunicación verbal.

Por su parte, Paul Ekman, tras realizar un amplio estudio en el que analizó individuos de varias razas y culturas, emitió la teoría de que, en muchas ocasiones, las emociones de una persona se reflejan en fugaces expresiones de su rostro, de muy corta duración, de las que puede no ser consciente el propio sujeto que las ejecuta (ni de las expresiones y a veces, ni siquiera de las emociones subyacentes), y por lo general, tampoco sus interlocutores. Sin embargo, parece ser que con suficiente entrenamiento, pueden ser detectadas e interpretadas, permitiendo disponer de una información adicional y veraz acerca del estado de ánimo de la persona en cuestión.

Nuestros procesos de comunicación son mucho más complejos de lo que habitualmente pensamos. Diversos aspectos de la comunicación se producen de una forma de la que no son conscientes ni el emisor ni el receptor, pero no por ello el receptor deja de recibir la información, procesarla y experimentar su influencia, a veces de formas sorprendentes. Este es un campo en el que la neurociencia puede arrojar luz, permitiendo ver cosas que de otra forma pasarían desapercibidas.

image Santiago Rivero charla con Teresa Querejazu en el II Seminario Icaro

La contribución adicional de la neurociencia ha adquirido una especial relevancia a partir de la última década del siglo XX, con el desarrollo de las técnicas de de obtención de neuroimágenes funcionales, que permiten registrar qué partes del cerebro [2] se activan cuando se lleva a cabo una determinada actividad mental o física, así como la forma en que inciden las diversas aferencias sensoriales en la percepción, la cognición, las emociones y sentimientos, y definitiva, en cualquier tipo de actividad mental.

La neurociencia explora la relación del cerebro con la mente, investigando las estructuras cerebrales, los mecanismos que rigen su comportamiento y cómo se relaciona su funcionamiento con el de la mente. Se trata de algo muy complejo (se dice que el cerebro humano es el objeto más complejo del universo), que implica estudios a varios niveles (que van desde el molecular hasta el de las grandes áreas del cerebro), a lo que actualmente se dedica un gran esfuerzo investigador.

¿Qué se puede esperar de la gran intensidad investigadora actual en este campo? Una respuesta podemos obtenerla viendo lo que ha sucedido con el proyecto Genoma Humano: su lectura ha sido posible, incluso en un plazo inferior al inicialmente estimado, gracias al masivo esfuerzo investigador [3] .

¿Qué aporta la neurociencia al conocimiento del funcionamiento de ciertos aspectos de la comunicación? Desvela que tienen lugar algunos efectos sorprendentes y que venían siendo insospechados.

La emisión y captura de información, así como su procesamiento y los efectos resultantes de éste, implican una actividad cerebro-mente, cuyo conocimiento nos viene proporcionado por la neurociencia y que supera con mucho lo que podríamos imaginar. La comunicación incluye aspectos que no es fácil intuir.

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Por ejemplo, sabemos que una parte importante de la comunicación está mediada por el sentido de la vista; no merece la pena insistir en ello. Pero la vista nos permite percibir bastante más de lo que nos imaginamos. Si queremos saber más acerca de lo que este sentido puede aportar a los procesos de comunicación, nos vendrá bien conocer la forma en que realmente funciona.

Hay que empezar por reconocer que se trata de un sentido ciertamente complejo; parece ser que en la visión y el reconocimiento de lo que se ve intervienen más de 20 áreas cerebrales distintas. Por ejemplo, La percepción del color, la forma y el movimiento, aunque nos parece que constituyen distintos aspectos de un único fenómeno, se trata en realidad de tres diferentes, que se producen en distintas áreas del cerebro y que son integrados por éste (de hecho, como resultado de un accidente puede ser dañado uno de ellos, por ejemplo la percepción del color o del movimiento, conservándose la funcionalidad de los otros dos). De forma similar, hay que distinguir entre la percepción y el reconocimiento de las imágenes. En el reconocimiento de las imágenes intervienen áreas cerebrales distintas, dependiendo de la naturaleza del objeto a reconocer. Por ejemplo, intervienen zonas diferentes dependiendo de si la imagen a reconocer corresponde a un rostro humano o a una herramienta.

Otros aspectos de la visión, que de algún modo tienen que ver con la comunicación, son aún más sorprendentes. Por ejemplo, como resultado de algún accidente que afecte a la corteza visual o a algunas estructuras que conducen las aferencias sensoriales relacionadas con la visión que llegan a dicha corteza, una persona puede sufrir una ceguera, de modo que deje de ver imágenes como las que normalmente percibimos. Dicha persona dirá, con razón, que no ve nada, a consecuencia de su ceguera. Sin embargo, como señala el Profesor Rubia [4] , refiriéndose al fenómeno de la ‘visión ciega’, en el año 1967 se hizo un experimento en la Universidad de Cambridge, consistente en extirpar a un mono la corteza visual primaria, lo que provocó la ceguera del animal. A pesar de ello, al poco tiempo, el mono fue capaz de andar evitando los obstáculos de su camino, que no veía en el sentido convencional, pero que de alguna forma ‘detectaba’ mediante su sentido de la visión.

Poco más tarde, en la Universidad de Oxford se hizo una investigación, en cierto modo similar, con un paciente que, como resultado de una operación en el hemisferio derecho, se había quedado ciego para el hemicampo visual izquierdo. Cuando se le mostraron unos puntos luminosos situados en el hemicampo derecho, el paciente era capaz de señalar su posición, pero cuando los puntos luminosos se localizaban en el hemicampo izquierdo, el paciente decía que no los veía. Cuando le insistieron en que al menos tratase de adivinar su posición, señalando dónde pensaba que podrían estar, aunque no los viese, resultó que señaló su posición con toda precisión. Se ha comprobado que esto sucede en el caso de bastantes personas que sufre algún tipo de accidente que provoca el deterioro de la corteza visual de su cerebro. El sentido de la visión les permite localizar los objetos, aunque no sean conscientes de ello ni percibir las imágenes,

Pero el tema no queda ahí. A la pregunta de sí puede un ciego detectar la expresión de miedo en una imagen de un rostro que se le muestre, la respuesta es que sí (siempre que la causa de la ceguera se deba a daños en la corteza visual, y no en otras órganos, como por ejemplo los ojos). ¿Cómo es posible esto?

La explicación simplificada sería la siguiente. Todas las aferencias sensoriales, a excepción del olfato, llegan a una estructura cerebral llamada tálamo . A continuación, el tálamo reenvía la información a otras partes del cerebro, que procesan, cada cual de una forma específica, dicha información. En el caso del sistema visual, la información se envía a la corteza visual, que es donde se generan las imágenes, pero también se dirige a la amígdala , que es donde se generan las emociones correspondientes al miedo. En su zona existen unas neuronas espejo , que permiten replicar la sensación de miedo en un sujeto que contempla la expresión facial de miedo reflejada en la cara de otra persona. De esta forma, las neuronas espejo de la zona de la amígdala generan la emoción correspondiente al miedo en el sujeto que tiene ante sí otra persona con una expresión de miedo reflejada en su rostro. A través de este mecanismo, el ciego no ve el rostro de la persona asustada que tiene delante, pero percibe la emoción de miedo que producen en él sus neuronas espejo, activadas por su amígdala, que responde a la información que le llega a través del tálamo, que se supone que está intacto. Es decir, el ciego no ‘ve la imagen’ de la cara asustada que tiene delante, pero ‘siente la emoción de miedo’ generada a través del mecanismo indicado.

De forma similar, una persona puede detectar la expresión de repugnancia reflejada en la cara de alguien que tiene delante y que recibe directamente los estímulos repugnantes, por un mecanismo similar al que se acaba de describir, con la diferencia de que en este caso, donde dirige el tálamo la información que le llega procedente del ojo, además de a la corteza visual, es a otra zona del cerebro llamada ínsula anterior izquierda , que es la que detecta la emoción de la repugnancia, la cual es replicada, también en este caso, por las neuronas espejo correspondientes. A través de este proceso, se genera igualmente dicha emoción en la persona que observa a la que recibe directamente los estímulos repugnantes, lo cual provoca en el observador las reacciones visceromotoras y la sensación física que acompañan a la emoción de repugnancia: por lo tanto, dicho observador no solamente ve la expresión facial del otro, sino que además percibe en su cuerpo la citada emoción , como resultado de las sensaciones físicas que experimenta.

En el esquema que se incluye a continuación se representan de forma gráfica los procesos indicados, correspondientes al sentido de la visión [5] .

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Esto pone de manifiesto que nuestro sentido de la visión hace bastante más que generar imágenes en nuestra corteza visual: sirve para captar una información que luego es transmitida a y procesada por distintas partes del cerebro, cada una de las cuales saca unas ‘conclusiones’, que forman parte del complejo proceso global de comunicación. Un aspecto muy interesante de todo esto es que sucede sin que muchas veces seamos consciente de ello; es decir, que estamos ‘comunicando’ sin darnos cuenta de que lo hacemos ni de qué comunicamos, y esta comunicación puede estar afectando a los resultados de la colaboración dentro de un grupo, sin que sea consciente de ello el individuo que provoca este efecto. De forma similar, podemos estar siendo receptores de la comunicación emitida por otros, sin tener una plena consciencia de ello.

Con lo que se acaba de exponer se pretende solamente presentar un ejemplo del modo en que los conocimientos del campo de la neurociencia pueden contribuir a entender, y como consecuencia, a gestionar mejor la comunicación entre las personas, y por tanto las distintas actividades sociales en las que ésta tiene una influencia significativa, entre ellas la colaboración entre los integrantes de un determinado colectivo, que persiguen uno o varios objetivos comunes.

Para finalizar, es importante destacar el gran esfuerzo investigador que se está llevando a cabo, por parte de entidades del máximo nivel científico, dentro de los diversos campos de la neurociencia; esto está permitiendo conocer mejor el cerebro y los fundamentos de la actividad mental. De forma resumida, puede decirse que las personas somos como somos y funcionamos como funcionamos porque nuestro cerebro es como es y funciona como funciona. Por consiguiente, no sería sensato ignorar, al estudiar cualquier aspecto del comportamiento de las personas, lo que la neurociencia nos puede ayudar a entender.

Es más: debería alentarse una mayor presencia de los neurocientíficos, junto con los psicólogos, sociólogos y otros expertos, a la hora de buscar los modos de lograr una óptima integración y estructuración de las capacidades individuales de los miembros de un colectivo , con vistas a la optimación de los resultados globales de aquellos procesos es los que la colaboración sea uno de los aspectos clave.

[1] Esta cuestión la trata dentro del capítulo 5. Por cierto, dicha publicación constituye una obra magistral, en la que se exponen los fundamentos del comportamiento humano y las estructuras cerebrales en las que se basa el mismo [2] En muchas partes del cerebro, la misma zona que se activa cuando se ejecuta una acción, se ejecutan también cuando se recuerda, se ve a otra persona realizarla o simplemente, se imagina. [3] En el proyecto Genoma Humano participaron unos veinte importantes grupos de investigación de diversos países [4] En su libro ‘¿Qué sabes de tu cerebro?’, publicado por ‘Temas de hoy’. [5] Queda aún mucho por descubrir en este terreno, pero algunos neurocientíficos piensan que cada emoción es procesada por un sistema neural independiente, lo que tendría la ventaja de una mayor velocidad en la detección de la emoción correspondiente.

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