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El día de la prisa violeta

09/03/2018 12:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Un reportaje sobre la huelga feminista, sobre su necesidad, puede empezarse en cualquier parte y de cualquier forma. Basta decir ya, y abrir los ojos. Da igual la ciudad en que te encuentres, el paisaje es inalterable. Abrir los ojos, los oídos y la ventana para airear la habitación y escuchar a la vecina de siempre por debajo de la voz de su marido. Discuten. No es un enfrentamiento directo. Él se queja de todo, se encabrita por las patas de las sillas y hasta por la química del oxígeno; cosas que no tienen que ver con ella. Sin embargo, en su afectación hay un tono de reproche que la requiere y que la hace responsable: crea una atmósfera tóxica que le toca a ella enmendar o apaciguar. Ella lo intenta muchas veces, pero otras estalla. Estas trifulcas sutiles sólo se oyen en su intensidad de mayo a octubre, que es cuando vuelven a abrirse las ventanas todo el día y se la ve cocinar y mover platos. Si esta mujer sin nombre decidiera poner un delantal en la ventana, como se ha propuesto a aquellas que no pudieran hacer huelga, tampoco serviría de mucho: todas las ventanas de su casa de apenas 30 metros cuadrados dan a un estrecho patio de luces.

Esta historia comunica con la de Encarna (seudónimo) que limpia las escaleras de varios portales a cientos de kilómetros, en un barrio obrero alicantino. Ella canturrea siempre y huele a amoníaco perfumado, y toca los timbres a ver si alguien le cambia el agua del cubo, y si no le abre nadie, el agua se enrobina y tiene que seguir fregando, y al final los últimos pisos huelen a camiseta sudada y a ella le sabe muy mal que ocurra eso. Ella, con un hijo que arrastra una cojera desde niño y tiene un grado de invalidez que no le impediría trabajar pero que prefiere exigirle cosas a su madre y protestar a cada rato. Ella canturrea siempre y tiene un loro gris que le da la vida.

Da igual la ciudad en que te encuentres, el país o la nacionalidad. El feminismo (eso aprendemos ahora, cuando ellas se expanden por las calles) no tiene patria, o quizá es a la vez todas las patrias... Dejémosles a ellas la definición. En la mañana de la jornada de la huelga, cerca de Sol, en la Fundación Entredós, feminista y autogestionada desde hace 15 años, se preparaba un grupo de trabajadoras del hogar migrantes. Sus proclamas para la marcha de la tarde se escribían sobre pañales y empapadores. Aludían a que los cuidados no son algo privado y perteneciente a la mujer, sino un asunto político y de todos. "Cuido la memoria histórica del país-Los adultos mayores", se leía en una de ellas. Algunas se llaman a sí mismas las Brujas Migrantes y se habían disfrazado como tal. Reían, bromeaban, tenían prisa. Era el estado de ánimo que se veía por todas las calles de Madrid: una prisa violeta.

Empecé a exigir derechos y me decían que no y que no

Pero ese hervor nacía de la liberación (o la expresión) de un daño que viene de muy atrás. Una de ellas, Graciela Gallego, colombiana de 59 años y miembro de la plataforma Grupo Turín, lleva 17 años en España. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de tomar conciencia. Trabaja como interna cuidando a una "muñeca de 94 años". Es pedagoga, pero en su país trabajaba en banca y, al llegar a cierta edad, perdió la oportunidad de acceder a contratos fijos. Alguien le habló de España, del dinero que ganaría. Llegó para un año y lleva más de tres lustros: "Yo sabía a ciencia cierta a lo que venía, tenía claro que no venía a una oficina o a ser maestra", recordó. Empezó cuidando a una mujer nonagenaria, y al salir a pasear al parque, al encontrarse con algunas compañeras, se percató de que algo fallaba: "Me decían, ¿qué vas a hacer este festivo? Y yo: ¿cuál festivo? Yo no sabía, me enteré así. Luego fui a reclamarlo y me dijeron que no. Empecé a exigir derechos y me decían que no y que no".

Pero, ¿cuánto cuesta para ellas llegar a ese momento de iluminación cuando no conocen el país, trabajan como internas y apenas se relacionan con nadie? "Es muy complicado. Además, hay compañeras que no quieren fotos, tienen miedo de que las publiquemos y se sepa que están reivindicando. Tampoco quieren salir en la tele ni por la radio, les da pánico porque las puedan echar... Falta empoderamiento, el empoderamiento nos ayuda a botar todo ese miedo".

Ahora quieren levantar un sindicato propio: "No queremos que UGT o CCOO tomen la vocería, queremos tenerla nosotras. Somos 600.000 mujeres que no reciben un salario digno. ¡Por Dios! Si la abuela a la que cuidamos recibe la pensión de su marido que no llega a 700, cómo van a pagarme a mí medio dignamente".

Invisibles y precarias

Mujeres sentadas durante una concentración del 8M en Madrid. Manolo Finish

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Mujeres sentadas durante una concentración del 8M en Madrid. Manolo Finish

La cuestión no es que al ubicarse en el ámbito doméstico este oficio sea incontrolable e inaccesible para la ley y los derechos laborales; la limpieza, en general, no se toma en serio, y en aquellos sectores, como la hostelería, donde no hay excusa para invisibilizarla, se inventan las herramientas legales para quebrar su dignidad y diluir su relevancia. Ángela Muñoz, representante de las Kellys Madrid (asociación de camareras de piso), cuenta por qué muchas de estas trabajadoras no pueden secundar la huelga: "La gran mayoría, entre el 60 y el 70% de los hoteles del centro de Madrid, están externalizados. A las trabajadoras les están anulando contratos por el simple hecho de coger una baja. Son contratos de obra y servicio, duran horas, semanas, meses. Si van a la huelga, desaparece ese contrato, son muy fáciles de anular: te dicen que no eres productiva o que no has pasado periodo de prueba". La explotación laboral dentro del sector que más marca España construye está bien armada. "Las empresas de las subcontratas tienen un convenio propio que supone un 40% de salario inferior y la pérdida del derecho de libre asociación porque necesitas seis meses de estar en un hotel para formar un comité de empresa, y si lo formas, ya sabes adónde vas. Por otro lado, si te quejas a la cadena hotelera, ante su comité, te dicen que no eres responsabilidad de ellos", lamenta Muñoz, que trabajó en una subcontrata durante cuatro años.

La situación de las camareras de piso ejemplifica la feminización de la pobreza

La situación de las camareras de piso ejemplifica la feminización de la pobreza. Muñoz explica que muchas de ellas tienen familias monoparentales e hijos a su cargo o familiares en paro: "No les llega con los 700 u 800 euros que ganan matándose a trabajar y van después a casas a limpiar, a planchar y a cuidar para sacarse un dinero extra en la economía sumergida". Otros departamentos de los hoteles no están externalizados. "Nos han externalizado a nosotras, el área más feminizada. Pero somos el departamento principal y nuestro trabajo es crucial: los hoteles se abren para ofrecer habitaciones limpias, nadie paga por dormir en una cama sucia". La historia de las mujeres limpiadoras es igual en todo el mundo y se conecta, también, a través de los dolores, de los huesos doblados: "No hay una sola parte del cuerpo que no te duela por los pesos, los movimientos repetitivos, la tensión. Tenemos ansiedad, nos automedicamos. Además, a ver cómo llegamos a los 67 años con esos porcentajes de cotización".

Las mujeres que se dedican a los cuidados son mayoría. De los 1, 3 millones de cuidadores en el ámbito no laboral, el 80% son mujeres. Como recuerdan las periodistas de CTXT en sus razones para secundar el paro, el coste invisible de encargarse de familiares dependientes alcanzaría el 5% del PIB. De puertas para adentro, no se pagan los cuidados. Y de puertas para afuera, en lugares como las residencias de mayores, la falta de recursos dificulta enormemente el día a día. Ángeles Almarza, sindicalista de UGT y trabajadora de la Gran Residencia, cuenta que, además, en estos casos, se solapa la carga de los cuidados visibles con la de los ocultos: "Apoyamos la huelga porque exigimos que se establezcan políticas para conciliar la vida familiar y la laboral. Casi todas las empleadas somos mujeres, de forma que, además, a la hora de solicitar una excedencia por cuidado de hijos o una reducción de jornada también lo hacemos nosotras. Estas excedencias deberían estar pagadas porque, al fin y al cabo, dejamos de trabajar en un sistema de cuidados para seguir cuidando en otro". El patriarcado se suma a los recortes y el resultado supone, también, el descuido de los más débiles: "No tenemos las plantillas acordes al grado de dependencia que sufren los mayores, y además no se cubren las bajas y vacantes en un periodo razonable". La escasez de recursos humanos se nota, sobre todo, en verano, Navidad y Semana Santa: cuando los niños disfrutan de vacaciones.

El verdadero volumen de la ausencia

Marcha de la manifestación del 8 de marzo, Madrid. Manolo Finish

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Marcha de la manifestación del 8 de marzo, Madrid. Manolo Finish

Lo decía la convocatoria. El 8M las mujeres debían desaparecer de lo cotidiano; debía notarse el volumen de su ausencia. El objetivo era que todos asumiéramos que si llegamos al trabajo acicalados y a tiempo y con una energía óptima física y mental, no es por generación espontánea, sino porque hay mujeres que se ocupan de los niños y de los viejos, y por extensión de nosotros. Debemos tomar conciencia de que si la oficina o los váteres resultan agradables a los sentidos es porque, seguramente, varias mujeres se han ocupado de limpiarlos (antes de abrir, cuando nadie miraba).

Desaparecer para aparecer más fuerte o, mejor dicho, para aparecer en la medida justa en nuestra paleta mental de realidades. Sin embargo, en un primer momento de la mañana, el paisaje urbano era el de siempre. Muchos hombres, activados por el mensaje feminista, observábamos, tal vez por primera vez, las puertas de colegios y las guarderías. En esa jornada debía haber más padres que nunca acompañando a sus hijos al colegio, pero incluso así la diferencia era abismal. Mariángeles, de 43 años, se detenía con nosotros unos segundos tras dejar a su hijo. Miraba de reojo el coche al que tenía que regresar para llegar puntual a la oficina. Dijo que su marido lo tenía imposible para llevar al niño y que estaba de acuerdo con las reivindicaciones, aunque no hacía huelga porque su empresa no funcionaría: son cuatro chicas y un chico. Sin embargo, aseguró que sí acudiría a la manifestación de la tarde, entre otras cosas, porque ese compañero, con el mismo puesto que ella, cobraba 200 euros más.

Los padres que sí acercaban a sus pequeños a la puerta del colegio eran los que suelen hacerlo siempre. Así lo corroboraban algunos, y se notaba: conocían los nombres de las otras madres y alumnos, y saludaban con esa voz medio adulta medio infantil que se usa para animar a los niños a que den también los buenos días.

Quizá el punto de los colegios y, sobre todo, de las escuelas infantiles, era el más complejo de la jornada. Ahí se solapaba, como dice Sarah Babiker, madre de dos niñas, separada y periodista, la huelga laboral de las profesoras con la huelga de cuidados de las madres. Para evitarlo, distintos grupos de hombres establecieron más de una treintena de centros de asistencia para huelguistas y de cuidados para niños y mayores. Algunos, como el de La Ingobernable (junto a Paseo del Prado), funcionaban a medio gas durante la mañana. En cambio, otros, como el Espacio Vecinal de Arganzuela, se llenaron de vida. Allí dejó Babiker a sus hijas: "No solo estamos protestando, estamos imaginando qué se puede hacer a partir de aquí. Por ejemplo, que la gente se organice para cosas como estas y que, de pronto, entiendas que puedes dejar a tus hijos con personas que no conoces pero con las que tienes cosas en común".

Las escuelas fueron el núcleo que mejor visibilizó el conflicto

Las escuelas fueron el núcleo que mejor visibilizó el conflicto. De ellas depende que el día a día transcurra de manera fluida. Elena de la Torre Aparicio, copropietaria de una pequeña escuela infantil libre de Puerta de Toledo, decidió cerrar junto a sus seis compañeras. "Lo dijimos desde el principio. Hemos tenido un buen acogimiento. Todas las familias estaban dispuestas y recibíamos correos de apoyo. Los padres también lo aceptaron", explicó el día anterior. Laura (seudónimo), profesora de una escuela infantil privada de Las Rozas, contó otra historia. Se enteró del paro dos días antes por una amiga que trabaja en una escuela pública. En su centro no les habían informado. "Probablemente deberíamos participar, pero no sé muy bien qué es. Sólo sé que se llama huelga feminista. Si fuera de mi sector, a lo mejor sí me sumaría". Laura, sin saberlo, secundaba las motivaciones de la convocatoria. Se quejó de que no se toma en serio su profesión: "Somos algo más que guardadoras de niños, pero nos ven como que no hacemos nada. No se valora la importancia de la educación de 0 a 3 años. La evolución del cerebro del niño, en esa edad, es fundamental. Los niños que no vienen a escuelas infantiles luego tienen más problemas para llegar al nivel del colegio". No supo que este era un día para ella, precisamente, por culpa de otro de los aspectos que el 8M deseaba combatir: "Antes veía las noticias. Ahora, con un peque de dos años y embarazada, estoy en otra onda. Al final del día te encuentras fatal y te vas a la cama directamente", explicó.

Las parcelas de intervención sobre el otro que tradicionalmente se han asignado a las mujeres se menosprecian. Si se hubieran encargado los hombres de esas tareas desde el principio, probablemente no se denostarían con la misma insistencia. No es demagogia, es algo que puede comprobarse acercándose a cualquier hospital.

En el 12 de Octubre, el día 7 de marzo, un grupo de estudiantes preparaba pancartas en un hall cuyas paredes habían forrado con papeles que describían situaciones machistas sufridas dentro del hospital. En todas había un factor común: intentar reducirlas y agacharlas; no dejar que se engalanen con el prestigio de una profesión, la medicina, que era tradicionalmente cosa de hombres. Sara Cordero, estudiante de cuarto curso, relató cómo, desde la universidad, se empuja a la mujer hacia lugares de menor prestigio: "Acabamos eligiendo puestos y responsabilidades más fácilmente compaginables con el cuidado porque se naturaliza que, de forma innata, tenemos que ocuparnos de los hijos. Esto, en una parte, está dentro de tu propio rol; pero se escuchan comentarios de profesionales sanitarios e incluso de profesores que nos dicen que, como somos mujeres, cojamos especialidades más sencillas". Hay más. Un día Cordero entró en un quirófano junto a una compañera y recibieron un comentario despectivo, ofensivo y sexual. El personal que había en la sala se echó a reír y ellas no supieron reaccionar, se bloquearon. Después de contar las palabras exactas en la entrevista, Cordero prefirió que no salieran publicadas. El suceso queda irreconocible; la impunidad cae otra vez del mismo lado.

En el hall las estudiantes reían y se exaltaban y llenaban todo el recinto del olor a pintura plástica de las letras de las pancartas. Se decían entre ellas que por fin iba a cambiar algo, que ahora sí. Estaban convencidas y se miraban unas a otras con esa prisa violeta que el 8M, día de la primera huelga feminista de España, acabó deteniendo el tiempo en todas las calles del país.


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ctxt.es
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