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01/09/2022

Se cumple el aniversario del accidente mortal de un icono del siglo XX

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                                          Por Jorge Alonso Curiel

 

El día que murió Lady Di, la Princesa del Pueblo, aquel 31 de agosto de 1997, me trajo tres grandes sustos. 

 

El primero fue que mi abuela me despertó muy inquieta porque sufría unas molestias intestinales y nos acercamos en coche esa lluviosa mañana de domingo, porque era domingo, desde su pueblo en el que estaba con ella pasando unos días a la parte de Urgencias del Clínico de Valladolid. El segundo susto fue que, minutos después de que unas enfermeras la montaran en una silla de ruedas y la metieran tras esas puertas giratorias por las que se llegaba a las distintas consultas donde los médicos te atendían, esas mismas tres jóvenes enfermeras salieron asustadas por las mismas puertas giratorias, hablando entre ellas con los ojos como platos y tapándose la boca con la palma de la mano, y eso me heló la sangre, me puso el corazón en la boca, creyendo que su espanto era causado por el estado de mi abuela, de aquella paciente que acababa de entrar. Por suerte, ellas pasaron a mi lado y pude escuchar lo que hablaban, y decían algo sobre que no podían creerse que Lady Di hubiera muerto en un accidente la noche pasada, que no podía haber ocurrido tal tragedia, que era imposible. Me tranquilicé, entonces, ya que no se trataba de mi abuela, que lo que les causaba aquel espanto era otro asunto (mi abuela salió a los tres cuartos de horas, ya con una sonrisa y sin esos dolores estomacales). 

 

Pero una vez que me tranquilicé, que la taquicardia me fue remitiendo, empecé a darme cuenta de lo que había sucedido, de que aquella mujer bella y tierna, tan maltratada y tan vapuleada por la vida, aquella belleza fría, lejana e intocable como una escultura griega, había muerto, pero no sabía cómo había sucedido aquel accidente. En aquellos años no existía internet ni los móviles y uno se enteraba de las noticias a otro ritmo, de otra manera. Y por suerte, una pareja de mediana edad que se encontraba sentada a mi espalda y que también estaban aguardando en aquella sala de espera noticias de la salud de uno de sus familiares, comenzaron a hablar del incidente mortal de la princesa en París: su coche se había estrellado contra un pilar de un túnel, y que su acompañante y prometido también había muerto junto a ella en los asientos traseros de ese coche de alta gama conducido por un chófer profesional al circular a demasiada velocidad, intentando perder a los paparazzi que los seguían. Ese fue el tercer susto de aquella mañana lluviosa y algo fría de agosto, y yo tampoco me lo podía creer, no salía de mi asombro. Con lo que había sufrido aquella mujer, con lo buena gente que era o parecía ser, con lo necesaria que era en el mundo sembrando la paz y la concordia allá por donde iba en sus actos como mensajera de la paz, como aquel en el que dio la mano sin guantes a un enfermo de SIDA, imagen que dio la vuelta al mundo y que ayudó a normalizar aquella enfermedad; o como aquellas imágenes en Angola, en las que se la podía ver vestida con un chaleco del ejército caminando en un campo sembrado de minas y que logró que nos concienciáramos de aquella barbarie...

 

Lady Di, Diana de Gales,  tiene muchas semejanzas con Marylin Monroe. Llenas de magnetismo, encanto, ternura, pura bondad, melancolía, atractivo, cada una con un atractivo diferente pero atractivo al fin y al cabo, con inquietudes artísticas y espirituales, maltratadas por el entorno y por sus demonios personales, sin suerte en el amor, y las dos muy vulnerables, tremendamente sensibles y vulnerables. Y las dos, curiosamente, fallecieron a los 36 años, en pleno esplendor, con el mundo a sus pies, de muerte trágica y no aclarada del todo, o supuestamente no aclarada, como claros ejemplos de nuestra condición mortal y efímera. Parecía que las dos tenían escrito en su mirada su final trágico, su destino fatal, y que nada ni nadie podía impedirlo. Pobres.

Y es que hay personas en este mundo que tienen la tragedia escrita en su ADN

 

Y es que hay personas en este mundo que tienen la tragedia escrita en su ADN, que acaban mal sin remisión, y quizá ellas mismas saben también que su destino es ese y no son capaces de modificarlo por mucho empeño que pongan. Son seres que parecen venir sin escudos a esta realidad para protegerse, y que tampoco saben crearlos. Almas puras, que ayudan a los demás desinteresadamente, repletas de sensibilidad, que se dejan manipular y engañar y hasta maltratar, y que llevan en su interior una melancolía que parece venir de vidas anteriores, una melancolía primigenia, que les hace no moverse con naturalidad en esta realidad y que les obliga a sentirse extrañas, extranjeras.

 

En el pueblo de mi abuela también había una chica así. Se llamaba Sonia, era cuatro años mayor que yo. Bajita, de rasgos delicados y bellos, que desprendían una bondad y una ternura especiales, y en su mirada residía también esa maldita melancolía, una pena inconsolable. Era demasiado buena para esta vida. Le encantaban los animales, y en casa tenía varios perros, gatos, pájaros de distintas clases, a pesar del enfado de su madre que no aguantaba vivir en aquella arca de Noé. Una madre brutal que espero que el infierno la haya juzgado como merecía, y que un día a mediados de los años 80 la echó de casa con 17 años para que se buscase la vida, y Sonia llegó a Valladolid sin nada en los bolsillos y vivió un tiempo en las frías calles hasta que conoció a un tipo que la llevó a su casa y del que se enamoró como una loca. Un hombre que no la convenía -no convenía a ninguna mujer- y que la introdujo en el mundo de las drogas. Tiempo después aquel tipo acabó abandonándola y Sonia volvió a vivir en la calle, y alguien la acogió en una chabola de un poblado muy conocido en aquella época en Valladolid. En un descampado cercano apareció muerta una mañana de un frío enero, con la piel tan blanca como la flor más pura, y con una jeringuilla colgando del brazo derecho. Pobre.

 

¿Qué habría sido de estas mujeres si se hubieran librado de todos sus demonios, de toda su mala suerte? ¿Qué asuntos hermosos hubieran seguido haciendo? Parece que no hay cabida en este mundo para seres tan distintos y delicados. Hay que ser duros, fuertes, no dejarse llevar por los sentimientos para que las cosas te vayan bien, nos han dichos miles de ocasiones. Hay que mostrarse alegres ante los demás, reírse de todo, no arrepentirse de nada, herir y no ser heridos, no ayudar a nadie porque nadie lo merece y se olvida. No apegarse a nada ni a nadie. Ser amable pero sin vinculaciones. El mundo es una cloaca, y nadie parece que se lo enseñó a estas mujeres. Ser bueno es un error, he escuchado en muchas partes. Ser bueno causa melancolía. De ternura y comprensión no se come, me dijo una vez alguien que no quiero recordar. Lo que tengo claro es que las princesas que parecen sacadas de un cuento de hadas pertenecen a un mundo más interesante y menos injusto que este, y que la sensibilidad y la bondad parecen hablar en un idioma desconocido del que solo llegan algunos susurros en la noche inhóspita. 

 

Aquella mañana de domingo de sustos y de lluvia y de frío inesperado de hace 25 años nunca la olvidaré. Aquella mañana en la que a un chico de 22 años casi recién cumplidos, la vida le comenzó a enseñar la injusticia y la tristeza que lleva en su seno. 

 

 

 

Jorge Alonso Curiel

 

 

 

 

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