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Desestresando a Mary

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18/11/2013

En este preciso momento, la lluvia está dando una tregua. La guerra continuará. Pero el ladrillo no da ninguna. "Últimos pisos 1a fase", reza, implora un gran cartel a unos 150 metros de mi ventana. A su lado, el fantasma de las Navidades futuras anuncia otro fin del mundo: "2a fase a la venta". Más a la izquierda, han crecido de los campos baldíos que fueron expropiados hace años a sus propietarios dos inmensas grúas, que deben ser la tercera y cuarta fase de una promoción de viviendas con vistas a una masía desnaturalizada, rehabilitada sin encanto convertida en museo de pájaros disecados con el brillo de la mirada estático, ojos vacíos de vida, sin alma. También ella rendida ante la modernidad y el ansia voraz del cemento. Ante la vacuidad. Todos estos ladrillos amontonados ofrecen vistas al cementerio municipal. Será difícil vender esos pisos. Nadie quiere salir al balcón y verse a sí mismo dentro de unos años, seguramente aún muchos, pero no los suficientes para seguir pagando la hipoteca de letra pequeña y manga ancha.

Ya no veré el mar, ni el mamotreto en que convirtieron una masía centenaria. Poco a poco dejaré de pensar en quienes la habitaron, calentándose alrededor de la chimenea y cultivando las tierras que la envolvían y protegían. Tampoco veré los campos baldíos ni eso que llaman delta, gincana para ornitólogos, amantes de los cañizales y de las ratas de campo, que gustan más que las de ciudad porque están ah, en el campo, en su espacio, y no nos molestan con su presencia.

Estos días anda todo mojado. Llueve y llueve, pero no es suficiente para arrastrar toda la basura solidificada en una masa de cal que obstruye las cañerías de la memoria y nos hace más ignorantes cada día, menos relativos, más cemento. Y ya apenas recordamos esos instantes preciosos que apenas destacan ahora entre la inmundicia. Y mientras, los albañiles esperan que deje de llover para volver al tajo, a hacer acopio de fuerzas escondidas bajo los escombros. Cuando todo vuelva a estar seco, volverán a cabar y a remover tierras. Y por ahí no está la salida. Y crecerán cimientos de nuevos cementerios, con tres habitaciones, cocina equipada y acabados de calidad. Y nunca queda espacio en el cartel para añadir el adjetivo mala. Y tampoco queda espacio para ver el mar, que ya no está. Aunque aún recuerdo que era azul.

Archivado en: Opinión, Personal

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