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Diana PabónMiembro desde: 16/02/20

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31/08/2021

Una buena práctica podría ser involucrar a un tercero conciliador, un personaje que nos preste su confianza y que dé la seguridad a las partes

Diana Estela Pabón

Coach ontológico, facilitadora en diálogo social y negociación

Bogotá

 

Nada más desalentador que pasar por la habitación de un adolescente y mirar de reojo que ningún compromiso está cumplido. Ropa tirada por todos lados, platos y vasos acumulados por al menos dos o tres días y un ambiente lúgubre con sonidos extraños provenientes, posiblemente, de algún video juego. Segundos después, en la cabeza empiezan a desfilar los últimos discursos que elocuentemente le dirigimos, argumentando la importancia de que cada una de las cosas que consideramos deberían estar en “orden”.

Pero entonces, ¿qué es lo que está fallando? ¿Por qué con tan elaborados discursos no logramos el resultado que queremos? Resulta muy simpático que como padres nos sentimos graduados cuando nuestros hijos llegan a la edad de 10 años y creemos que aprendimos la tarea; dejamos de ser padres de un niño para empezar a ser padres de un adolescente, una persona distinta a la que teníamos solo dos años atrás y por tanto un nuevo reto de negociación. Planteo este tema, no porque yo tenga la respuesta mágica a la situación, sino precisamente porque intento entender que está fallando en mi diseño.

Dicho esto, me propongo abordar el problema como lo haría si me contrataran para hacerlo. Si así fuera, seguramente lo clasificaría como un proceso de negociación complejo, de esos que requieren aplicar modelos probados como: teoría de juegos, el arte de la guerra del general Sun Tzu o tal vez diálogos improbables de John Paul Lederach y seguramente con la rigurosidad de un proceso de negociación planteado para lograr avances significativos. Pues bien, aunque parezca un chiste, esta es la realidad que muchos enfrentamos y que, si documentáramos como casos de estudio, con los que seguramente podríamos tener una colección digna de ser publicada por grandes editoriales.

Partiendo de esta, que es más una reflexión personal, me propongo a construir una estrategia y la comparto con ustedes buscando quizá como respuesta su opinión y porque no, otras propuestas para abordar el tema, entonces ahí voy.

Lo primero es entender el contexto, pero no desde el rol de papá, sino tal vez vistiéndonos de tíos o primos para lograr separar los juicios que invadían ese análisis para llenarlo de nuestra sentida frustración acumulada, sumada a una evaluación ligera del problema; tal vez de esta forma logremos despejar la bruma e identificar aspecto ocultos, nuevas variables propias de la edad, problemas escolares, con los amigos o con nosotros mismos; que nos ayuden a incorporar variables nuevas para abordar la situación.

Dicho esto, abordemos la situación con dignidad asignando la categoría de contraparte a nuestro hijo, una contraparte a nuestra altura y que, siendo sinceros, parece mejor que nosotros si tomamos ese contexto y como evidencia la habitación maltrecha. Así las cosas, debo identificar su estilo de negociación, su estrategia, sus puntos fuertes y débiles, y al descubrir sus características abrir los ojos y levantar con asombro la cabeza para admitir que estoy frente a un gran estratega o negociador.

Balanceadas las cargas y sabiendo que no se trata de una simple conversación, necesitamos llegar al objetivo construyendo una estrategia de negociación audaz.

Despojada de la autoridad materna, me dispongo a diseñar una negociación sensata y realista, con un nuevo análisis de contexto y caracterización de la contraparte; necesito ahora consolidar un margen de negociación, pero, ¿cómo hacerlo sin tener medianamente claro qué desea? ¿Acaso sólo desea tener su cuarto en desorden? Así las cosas, vestida de negociadora, empiezo por indagar en los confines de la mente adolescente cuál es la motivación principal de su actuación; qué le interesa, cuáles sus pretensiones en el pliego de condiciones y, ojalá, cuáles son las circunstancias, planes, metas, objetivos para cambiar y mejorar. Tarea que, por supuesto, es la más y más es más… difícil, porque al parecer es un secreto del universo, custodiado por todos los personajes de videojuegos. Para lograr el objetivo, tal vez funcione una conversación divertida, lejana en el tiempo de los momentos tensos y que entre risa e historias permita aclarar el secreto y construir así una propuesta clara para negociar, aunque bueno no necesariamente es una conversación, esto pueden ser dos, tres o las necesarias para construir un ambiente de confianza.

Paciencia para construir una relación de confianza mutua

Una buena práctica podría ser involucrar a un tercero conciliador, un personaje que nos preste su confianza y que dé la seguridad a las partes, quien puede dar opiniones sensatas, este tema lo usamos mucho para acercar a las partes. En este punto seamos estratégicos, porque si seleccionamos como mediador a alguno de los abuelos, seguro las cargas no estarán tan equilibradas, tal vez los tíos o algún primo que acabe de pasar por la situación, de esos que son considerados chéveres por nuestros hijos.

Porque con la confianza viene la gloria, con la confianza que se desarrolla a una velocidad muy lenta, contrario a la forma de perderla, confianza que significa darle valor al otro, a sus palabras, a sus necesidades, a la forma en que recibe nuestras palabras o, más bien, la forma en que emitimos nuestras palabras y nos abrimos a escuchar las del otro; porque no nos digamos mentiras, las personas no cambian cuando escuchan nuestra opinión, pero podrían pensarlo cuando consideran nuestro comportamiento como un ejemplo a seguir.

Entonces, aún no he comprobado que se pueda negociar con un adolescente, pero… después de escribir estas palabras me queda claro que, para poderlo intentar, lo mínimo que necesito es:

-          Humildad para reconocerle al otro sus condiciones de negociación

-          Empatía para entenderlo en sus cambios

-          Autorregulación para no tomarlo con las emociones a flor de piel

-          Respeto por su capacidad, sus necesidades y emociones

-          Preparación para hacer las cosas en el momento preciso, con amor infinito desde la tranquilidad de saber a dónde quiere llegar

-          Y por último, no menos importante, paciencia para construir una relación de confianza mutua.

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