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02/09/2019

image La figura de Joseph Goebbels es, de entre todos los dirigentes del Tercer Reich, una de las que más mitología ha suscitado. Goebbels es percibido en el imaginario popular como una especie de genio maligno que alentaba la resistencia de Alemania contra sus enemigos a base de difundir mentiras entre sus ciudadanos. Frente a estos tópicos, se alza este riguroso estudio del historiador Toby Tacker, que intenta colocar a tan conocida figura dentro de su contexto histórico desde una perspectiva realista.

Es cierto que Goebbels fue un ser con una cierto complejo por no haber podido participar en los combates de la Primera Guerra Mundial debido a su cojera. Esto le impedía sentirse partícipe de la raza aria, del volk que había sido traicionado por una puñalada por la espalda y que necesitaba volver a demostrar su grandeza, su superioridad frente a los enemigos, siendo el principal de ellos (y esto sería una obsesión durante toda su vida), el judaísmo internacional. Su servicio patriótico , lo llevaría a cabo trabajando sin descanso difundiendo el mensaje del nacionalismo a través de incontables mítines y publicaciones. Después de una juventud marcada por algunos acercamientos al comunismo, terminó identificándose plenamente con el ascenso progresivo del partido de Hitler, al que conoció por primera vez en 1925, al asistir a uno de sus discursos. Goebbels anotó esto en su diario:

"Ahora sé que él, el líder, ha nacido para ser el Führer. Estoy dispuesto a sacrificarlo todo por este hombre. La historia da a los pueblos los más grandes hombres en los momentos de necesidad máxima."

No eran palabras vacías. Poco a poco su indudable inteligencia y visión estratégica de la política, así como su gusto por la violencia, le fue granjeando popularidad en el seno del Partido nazi. Su capacidad para excitar a masas de oyentes (a veces incluso hostiles) con su mensaje extremadamente nacionalista y racista se convirtió casi en legendaria e eso le hizo viajar por todo el país, hasta que Hitler le encargó la organización del Partido en la capital del país, Berlín. Para él, ese fue el comienzo de la aventura excitante de la conquista del poder, por medios legales y utilizando también dosis de violencia extrema en determinados momentos. En cualquier caso, en un discurso pronunciado en 1931 ya advirtió de las intenciones de los nazis:

"Según la constitución, sólo estamos vinculados a la legalidad del camino, pero no a la legalidad del objetivo. Queremos conquistar el poder legalmente, pero lo que comencemos a hacer con ese poder, una vez que lo poseamos, es cosa nuestra."

Una vez en el poder, fue nombrado Ministro de Propaganda, un arte que él dominaba como nadie. La tarea que Goebbels se impuso fue la de dirigir la ideología del pueblo, la de asegurarse el apoyo perpetuo de las masas a través de una lluvia constante de eslóganes, mensajes y consignas de todo tipo que debían llegar a todos los rincones del Reich. En un discurso dirigido en 1933 a los directores de emisoras radiofónicas alemanas, ofreció algunos apuntes acerca de la labor de su Ministerio:

"(...) quien haya de comprender la propaganda ha de estar completamente saturado de sus ideas sin ser consciente de ello. Obviamente, la propaganda tiene un fin, pero ese fin debe ser disimulado con tanta inteligencia y virtuosismo que quien haya de verse imbuido de este propósito no se dé cuenta de ello."

Una de las ideas que refleja la biografía de Toby Thacker es la de que Goebbels, habiendo sido el gran genio de la propaganda, no fue quien creó a Hitler ni a su extraordinario carisma. Las bases del siniestro éxito del futuro Führer estaban ya puestas, aunque es indudable que él ayudó a pulirlas y a darles difusión masiva a través de una inhumana capacidad de trabajo y a su magnífica intuición para comprender cuáles eran los nuevos medios permitían llegar al mayor número de gente. El cine y la radio fueron ampliamente desarrollados y sus posibilidades explotadas al máximo, como método de exaltación de la grandeza de la nueva Alemania y de sus dirigentes.

Cuando estalló la guerra, el gran reto de Goebbels fue mantener la moral de población, así como la fidelidad de la población y su fuerza de trabajo en pos de la victoria prometida. En los primeros años, los de las victoria relámpago, la tarea fue relativamente sencilla, pero cuando las cosas empezaron a torcerse en Rusia, el ministro tuvo que poner toda la carne en el asador para, a través del odio y del miedo al enemigo, mantener la capacidad de resistencia. Su momento culminante llegó a principios de 1943 cuando, tras la derrota de Stalingrado, ofreció un exaltado discurso en el Sportplatz de Berlín, en el que declaró la guerra total a sus enemigos frente a los vítores histéricos de las miles de personas que escuchaban. Aunque de cara a la galería, Goebbels mantenía su triunfalismo, las anotaciones de su diario eran cada vez más pesimistas, sobre todo cuando las consecuencias de la guerra comenzaron a llegar directamente a la población a través de los cada vez más masivos bombardeos sobre las ciudades alemanas. A diferencia de Hitler, que nunca quiso acercarse personalmente a animar a la población, Goebbels solía visitar los barrios y fábricas bombardeados. Además, era partidario de decir la verdad en cuanto a la situación bélica, para que el miedo a las represalias soviéticas fuera la fuerza de choche que movilizara a la gente a incrementar su capacidad de resistencia.

En abril del 45, cuando el Reich se desmoronaba, Goebbels decidió permanecer en Berlín junto a Hitler, a diferencia de muchos otros dirigentes que intentaron escapar o negociar con los Aliados a espaldas del Führer. Su último acto de crueldad fue sacrificar a sus hijos poco antes de suicidarse él mismo junto a su esposa, una Magda Goebbels con la que había mantenido una relación de amor-odio durante años.

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